Laura Gorre
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05 junio, 2011

Quimera de un domingo

Pasear por la acera un domingo cualquiera está bien. El sol te da en la espalda. Es verano.

Los zapatos hacen un evidente ruido al pisar y se escucha entre el murmullo de alguna conversación que otra en las pequeñas terracitas de los cafés abiertos a esa hora de la mañana.

El paseo anhelado dura lo que la sensación de placer al moverte despacio en medio de ese verano de ciudad.
Si me cruzo con parejas que llevan niños no puedo evitar sonreír y que mi cabeza intente imaginarme siendo madre… pero el pensamiento acaba pronto y la fantasía no se llega a estropear.


Pararse en un rincón a escuchar conversaciones ajenas me parece interesantísimo, pero sería bastante descarado y saldría mal pues los veraneantes de las mesas de cafés se sentirían observados y la conversación moriría y no quiero matar ningún intercambio de palabras.

Sería como pararse en un rincón y tomar apuntes rápidos del ambiente y el modo en que están sentados, de una mirada o una caricia, o una mano que sostiene un cigarrillo.


Me gustaría en esos momentos volverme invisible o fundirme en la misma pared, testigo muda de un sinfín de vidas.